De las galletas con vacio por fuera y por dentro.

Érase una vez unas galletas adornadas con unas deliciosas sardinas en salsa de tomate y un poco de mayonesa. Eran la delicia de los fines de semana en los que, al no haber universidad, no había almuerzo. Recuerdo que, en esos momentos, mis fines de semana comenzaban con avena en hojuelas y leche para el desayuno, y para el almuerzo y cena, las deliciosas galletas.

Érase una vez unas galletas que no eran adornadas con nada, porque no había plata para comprar las sardinas. Tiempos dolorosos aquellos, en los que la superficie blancuzca de las galletas ya aguadas no tenían ningún adorno. Tiempos aquellos en los que, ante tan cruel realidad, la avena en hojuelas se convirtió en un manjar, el cual al ser mezclado con salsa de tomate y mayonesa, le daba un aspecto más presentable a las galletas blancas.

Tiempos dolorosos.

Galletas blancas.

Vacio por fuera y por dentro.

Y mucha imaginación.

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