De la sopa de mi mamá

Durante mi infancia, siempre odié la sopa que hacían en mi casa.

Me parecía horrible...

Ese sabor sin-sabor que tenía; esa mezcolanza de ramas, tallos y hojas que la hacían parecer, más que una sopa, un lago de plantas extrañas; ese color desagradable dado por el deshacer de la ahuyama y la adición de achote; ese olor a ácido que desprendía gracias a la cantidad de limón que se le echaba "para darle más sabor"; esa textura terrosa que la daba el medio-deshacer de algunos elementos; ese picante infectante en toda mi boca al masticar, sin querer, una pimienta negra

Odiaba esa sopa.

Pero luego me di cuenta que en realidad no odiaba la sopa de mi casa. Odiaba la sopa de mi pueblo. Odiaba la sopa de mi ciudad. Odiaba la sopa de mi región.

Ahora entiendo que la sopa que hacían en mi casa era la mejor sopa de todas... Sopa que tenía todas y cada una de las características de la sopa de mi región. Sopa que mezclaba tradiciones, costumbres, emociones, sentimientos, deseos...

La sopa de mi mamá es la mejor...

Pero no me gusta.

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